Nelson Mandela, de hombre a leyenda.

Mandela no era mSouth Africa. 1990 SOUTH AFRICA. 1990.ás que un hombre, y quizá sea eso lo que engrandece su figura. Una persona como otra cualquiera, pero decidido a luchar contra el racismo y la pobreza entregando su vida a los demás. Aprovechó su posición como hijo de jefe tribal para estudiar Derecho y combatir activamente la política racista del gobierno Afrikaner. “He combatido la dominación del hombre blanco y también la del hombre negro. He albergado el ideal de una sociedad libre y democrática donde todas las personas viven juntas en armonía e igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y alcanzarlo. Pero, si es necesario, es un ideal por el que estoy preparado para morir”.

Ante la feroz represión gubernamental que mataba manifestantes desarmados (Sharpeville, 1960) intensificó su actividad y apoyó la resistencia armada, lo que le llevó definitivamente a la prisión de Robben Island en 1964, condenado a cadena perpetua.

En todo ese tiempo no desfalleció, ejerció de pedagogo con sus compañeros reclusos, convencido de que la educación es la herramienta fundamental de progreso de una sociedad, y no abjuró de las convicciones políticas que le habían llevado a prisión.

Se convirtió en un símbolo, como si fuera algo irreal, etéreo o divino, cuando en realidad no era más que un ser humano privado de libertad, separado de su familia (ni siquiera pudo asistir al entierro de su hijo), y que sólo pudo sostener a uno de sus nietos recién nacido porque supo ganarse la confianza y el respeto de sus carceleros. Las manifestaciones de Soweto en 1976 sirvieron de punto de inflexión y la política de Apartheid comenzó una larga agonía, finalizando por fin con su liberación en el año 1990, momento en que declaró “me presento ante vosotros no como un profeta, sino como un humilde servidor vuestro, y pongo lo que me queda de vida en vuestras manos”.

En 1993 recibió el Nobel de la Paz, a pesar de lo cual EEUU aún lo consideró un “peligroso terrorista comunista” hasta el año 2008.

No obstante, cabe hacerse una pregunta. ¿Qué es lo que ha provocado que aquellos que antes vilipendiaban a Mandela, ahora se deshagan en lágrimas y lamentos ante su fallecimiento? Merkel, Rajoy, Juan Carlos I…todos han intentado apropiarse del legado de la “reconciliación nacional”, de la “unidad nacional” y del “pacifismo” de aquél al que poco tiempo antes denominasen “terrorista”.

Nelson Mandela, durante todo su encarcelamiento, se mantuvo fiel a los principios redactados en la Carta de la Libertad (el documento fundacional del Congreso Nacional Africano) en la que se defendía un amplio programa de nacionalización de la economía. Al salir de la cárcel, Mandela continuaría afirmando: “La nacionalización de las minas, los bancos y de los monopolios industriales es la política del Congreso Nacional Africano,  y el cambio o modificación de nuestros puntos de vista al respecto es inconcebible.”

Por otro lado, el carácter nacionalista del  ANC y del propio Mandela, carente de una proyección internacionalista de su política, lo hacía incapaz de concebir una revolución panafricana en líneas de clase y de conciliar la posibilidad de la existencia de una pequeña economía estatalizada en mitad de un mundo casi completamene capitalista,  en un país que además había sufrido importantes embargos y sanciones económicas. Esto llenaba de carencias, limitaciones, contradicciones y dudas a su propuesta de nacionalizaciones. En ese contexto, las presiones ejercidas sobre Mandela por parte de la comunidad internacional le hicieron variar de rumbo. Abrir la economía sudafricana al exterior, aprovechando su  enorme prestigio personal, para atraer inversión extranjera y abrir nuevos mercados, debió parecerle una buena solución intermedia. Incluso el PIB creció un 68% entre 1993 y 2008, según la OCDE. No obstante, las desigualdades sociales continúan creciendo. No son los habitantes de los barrios marginales los que se llevan la mayor parte de los beneficios.

Hoy en día, en Sudáfrica, todavía el 9% de la población blanca posee el 80% de la tierra, existe un paro récord de más del 25%, una corrupción galopante, el 70% viven por debajo  del umbral de la pobreza. Cientos de miles de sudafricanos de origen europeo se han marchado del país, poniendo en cuestión el sueño multirracial e igualitario del ANC. Y todo esto se da en uno de los países más ricos del mundo, primer exportador mundial de oro y platino, además de uno de los principales de carbón y metales básicos.

Mandela fue un gran y ejemplar luchador contra la discriminación racial y por los derechos humanos, pero en cuanto al combate contra la pobreza, a pesar de que se han realizado importantes avances, no tuvo un éxito  parecido, lo cual nos demuestra que si no se toca  seriamente la propiedad privada de los medios de producción y cambio –base del sistema capitalista- la emancipación social completa no se puede llevar a cabo, por mucho esfuerzo heroico que haga un líder a nivel personal.

La liberación de Mandela y la disolución del Apartheid no fue más que una maniobra de un sector de la burguesía sudafricana en respuesta a las intensificación de la lucha de clases en Sudáfrica a partir de los 80, (huelgas, protestas masivas, manifestaciones… ) Pretendían mantener sus privilegios y salvaguardar  el capitalismo en Sudáfrica,  y el hecho que el mundo entero aborreciese el Aparheid no beneficiaba económicamente a las oligarquías del país

No fue hasta 1992 cuando Mandela comenzó a variar la política económica del CNA. Fue entonces cuando se le consideró listo para ir abandonando las listas de los que los tachaban de terrorista, para gobernar el país, compartir el Premio Nobel con De Klerk, y ser un ejemplo a seguir para todo el mundo. Ahora no tardaremos en ver camisetas en los mercadillos con el rostro de Mandela al lado de las del Che, Gandhi o Bob Marley. La noticia no es que en el pasado fuese considerado un terrorista, la noticia es que  los que entonces le vilipendiaban, hoy derraman lágrimas de cocodrilo ante su fallecimiento.

Sin embargo, a pesar de sus limitaciones y de los obstáculos, nunca abandonaría su sueño. En 1994, cuando se convirtió en presidente electo de Sudáfrica, dio un discurso en el que expresó su deseo de que “nunca más vea esta tierra la opresión de un hombre sobre otro”.

No seamos injustos, no es poco el hecho que se haya acabado con el Apartheid,  aunque pervivan aún muchas de aquellas injusticias. Recordemos por ejemplo la reciente matanza de mineros huelguistas,  todos de raza negra, vilmente masacrados por la policía.

Si admiramos a Mandela y le damos las gracias es porque fue valiente y tenaz en sus principios, compasivo y respetuoso con sus contrincantes. No sabemos si podemos estar a su altura en eso, pero al menos no olvidemos su ejemplo: era un hombre  dispuesto a luchar por los demás contra las desigualdades y las injusticias.

El CEDESC, en memoria de Nelson Mandela.

9 de Diciembre de 2013

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